jueves, 9 de diciembre de 2010

Reformular la teoría de los cuerpos celestes

¿Qué nos atrae de los demás? ¿Qué provoca que nos impliquemos en las cosas en las que decimos creer? ¿Por qué tendemos a tomar el centro de nuestros argumentos? ¿Qué fertilizante utiliza esta cultura nuestra para que crezca tanto el ego, incluso cuando lo intentas ignorar? ¿Cómo le explico yo a un extraterrestre que hoy no me puede abducir porque no me puedo ir de este planeta sin recoger los mil y un trastos que tengo en casa y que me prometo día a día reducir al mínimo (soy, sin duda, mi mayor traidor)? ¿Por qué no entiendo la teoría de atracción de los cuerpos celestes cuando no hago más que vivir permanente e inevitablemente dentro de ella? ¿Por qué tengo miedo a las preguntas, si nunca van a desaparecer, si no siempre van a tener respuestas?
Ni siquiera es un día diferente, ni siquiera tenía porque serlo, ni siquiera pretendía hacerme preguntas, ni siquiera tenía una respuesta escondida en el bolsillo. Sólo lei la teoría y no entendí cómo encajaba yo dentro. Y fue la chispa suficiente.

domingo, 5 de diciembre de 2010


He comido con amigos. Grata charla. Escucho a Sting, como desde hace tantísimos años. Un amigo cierra un blog esencial en mi vida. Las noticias siguen vomitando adjetivos desagradables sobre los injustificables "controladores" (vaya nombrecito para una profesión). Pienso, dudo, me peleo con el ordenador, luego existo y consumo. Soy parte mínima de la gran red. Lo creo y eso no cambia nada. Vivo en la piel de un maratoniano que sólo se sabe mover en las distancias cortas. Una foto de hace algo más de un año me hace pensar que quizá somos pobres de pensamiento al creer que sólo hay una luz al fondo del tunel.

martes, 30 de noviembre de 2010

Raices y ramas

Se sienta en el sofá.
Su cerveza recién abierta. En el primer trago moja todo el sudor del día, empantana el cansacio, y todo parece, lentamente, volver a su ser. Deja las noticias. Da casi igual el canal, el mundo hace aguas, cada uno ve una via diferente. Ninguno ve la costa en esta tormenta transatlántica. La imágenes y las palabras sólo van de lo malo a lo peor. Parece que sólo cuenta, ya que todos nos hundimos, que el otro, el diferente, el vecino, el hermano, sea el primero en caer, que nuestros ojos, el de cada uno en su unidad absoluta, sean los últimos en ser testigos.
Su cerveza se acaba. Sigue cansado. Le duelen los riñones, la espalda y algo que podría parecerse mucho al alma. Le pesan las horas, los días y los años. Le sobran los problemas y la memoria. La tele, las noticias, son el extraño placebo que le cura mostrando otras miserías. Mi vulnerabilidad es más fuerte que esa mierda, piensa. Abre una segunda, y se deja llevar. La dosis de desastre está calculada, no avanza más allá del titular, sólo anuncia, no rellena, no es necesario apretar más, la lección está aprendida. Seguimos, miles de años después temiendo lo desconocido. Vaya mierda, se le escapa. Su mundo empieza a parecer bueno. Sigue mirando, jurando en cuanto idioma no conoce. Su raíz seca ya aprovecha su dosis diaria de charca, bebe sin sed, bebe por no dejar nada, por consumir todo, porque aunque no necesite nada tampoco hay porque tirarlo. Su raíz se preocupa tanto ya de esa dosis diaria que ha olvidado buscar otras tierras, que no necesita crecer.
Cambia la cara que cuenta, comienza a ver tios que corren detrás de una pelota. El mundo, redondo, rueda y recibe cientos de patadas, bajo colores que parecen tener una influencia sobrehumana sobre su humor, sobre sus ganas. Se aplaca el cansancio, viven los ojos, se cierra todo pensamiento negativo, y todo lo tribal que lleva dentro se despereza. Es una hipnosis, parece despierto, renacido, como si la vida se le fuese por las ramas.

domingo, 3 de octubre de 2010

Sol y Sombra

El aire es de otoño y el sol de verano. La duda del cambio de estación sobrevuela hoy sin más un celeste casi blanquecino. La alergia a no sé muy bien qué (probablemente a conversaciones nocturnas de ayer que viajaron por los carriles más frágiles de la vida y de la muerte, o simplemente que no me apetece mirar hoy a la cara a este mundo de disparates) me tiene a medio respirar. Justo hoy que hay tanto aire puro soplando.
Y no sé porqué (imagino que esas conversaciones de anoche) me levanté pensando en cuando de niño me iba a trabajar con mi padre a la obra, con mi cesta de cuerda llena del almuerzo y una camiseta para cambiarme en el trabajo. Cuando llegábamos al bar a recoger a los obreros, la cabeza casi no me llegaba a la altura de la barra, les oía pedirse un sol y sombra y beberse esa copa de anís y la de coñac con la misma naturalidad con la que yo iba bebiendo de mi Cola Cao. Me decía que yo de mayor también pediría un sol y sombra. Nunca lo he hecho. A estas alturas creo que ya nunca lo haré, no por nada especial, simplemente porque no soy de anís y me parece una bestialidad joder el coñac. Pero sí veo que hoy es un día para estar entre sol y sombra y recordar porqué empezamos a pensar lo que queríamos ser y porqué hoy ya somos lo que somos, en mi caso porqué cada vez me quedan menos esquirlas prendidas al cuerpo para ser mitómano.

jueves, 5 de agosto de 2010

Sal y mar


Agosto hunde la isla unos diez centímetros. Hay tanta gente y vehículos que parece imposible que todos quepamos aquí. A poco que una carretera llegue hasta la arena misma de las playas, éstas están a rebosar. Siempre me ha fascinado esta capacidad de los seres humanos para tender a la aglomeración, a la reunión espontánea. Supongo que porque adolezco de lo contrario. Incluso reconozco el punto egoísta de llegar a un lugar de costa y esperar que no haya nadie. Que no haya ruido. Nada más que las olas. Ni gritos, ni ruidos de motos naúticas, ni el puto FerryBoat turístico con su música discoteca a toda pastillla, ni ese olor permanente a bronceador confundido con el olor al plástico caliente del bote con el que acaba de estar en contacto. Algo imposible. Y aún así, el baño, la sal y el mar, lo devuelven todo al equilibrio. Unos segundos totalmente sumergido y el mundo tiene sentido.

miércoles, 28 de julio de 2010

La calma


Buscar la calma no es fácil.
Alcanzarla, supongo que tampoco.
La tranquilidad, sí. La calma, ya es otro tema.
No sé la diferencia, si existe, en el diccionario. Para mí es clara, subjetivamente clara.
La tranquilidad se basa en algo más externo, en la no alterabilidad de un espacio para alcanzar un equilibrio. Puedes tener un mal día, estar hirviendo por dentro y vivir un espacio de tranquilidad, en un contexto controlado (música, silencio, brisa, puesta de sol...). Tu espacio interno no cambia tanto, se controla, que no es poco, se pausa, entiende las decisiones a tomar o la situación, incluso sin la fuerza o las ganas para hacer algo.
La calma es mi favorita. Sale desde dentro. No existe sin raíz. Lo que te rodea es un complemento que la puede potenciar, crear las ramas, las hojas y los frutos. También puede romperla, arrancarla, pero sólo en casos excepcionales, traumáticos.
La calma es lo que tengo esta tarde, ese acuerdo interno (y en perpetua negociación) entre lo que soy, lo que quiero y lo que tengo.
La tranquilidad es lo que hay cuando sé que la calma volverá.

miércoles, 14 de abril de 2010

Dust in the wind

Dust in wind es una de las canciones que probablemente más he escuchado en mi vida, de forma voluntaria (no cuentan todas las veces que he escuchado a Bisbal o Shakira sin querer en bares, radios, oficinas, bodas, bautizos, e incluso alguna peluquería -en éstas, únicamente estaba como acompañante, ya os podéis imaginar-). Es de mis canciones favoritas desde antes incluso de saber todo lo que quería decir. Lo es incluso ahora que ya me parece un poco simple y facilona. Quizá la utilizo únicamente como una unidad de medida, a partir de la cuál sé más de mí que de ella.